Bilbao en un día, sin prisas del Casco Viejo a la Vanguardia
A Bilbao no le gustan las prisas. Es una ciudad de escala humana que se deja recorrer en un solo día, siempre que se acepte su única condición: caminar al ritmo de la ría, que es quien ha escrito aquí todas las historias.
Este itinerario empieza y termina en la puerta de Tayko Bilbao. En medio, siete siglos de ciudad.
Mañana: donde Bilbao empezó
El día arranca frente al hotel. Basta cruzar el Puente de la Merced para llegar al Mercado de la Ribera, donde la vida local madruga entre género del Cantábrico y conversaciones de barrio. Es la ciudad en su estado más verdadero, antes de que abran las guías.
Desde allí, el muelle de Ripa acompaña el curso del agua con las fachadas de colores de la calle Ribera en la otra orilla. Es un tramo llano, amable, de los que invitan a no mirar el reloj.
El puente Zubizuri, con su curva blanca de Calatrava, marca el cambio de época. Al cruzarlo, el paseo desemboca en el Museo Guggenheim. Nuestro consejo es rodearlo entero, sin entrar todavía si no se quiere: saludar a Puppy, detenerse ante Maman y ver cómo el titanio cambia de color según le da la luz. El edificio de Gehry es la mejor metáfora de esta ciudad: nació del hierro y aprendió a brillar.
Mediodía: la pausa que pide el norte
Para bajar la mañana, el Parque de Doña Casilda y el Museo de Bellas Artes ofrecen la sombra y el silencio justos.
A la hora de comer, las calles Ledesma y García de Salazar concentran barras de pintxos y restaurantes de menú donde comen los propios bilbaínos, que es siempre la mejor credencial. Si el cuerpo pide mantel, en torno a la Plaza del Ensanche hay mesas que no defraudan.
Tarde: el Ensanche, escaparate y paseo
La Gran Vía de Don Diego López de Haro es el eje burgués de la ciudad, el que se construyó con el dinero del hierro. Hoy reúne las firmas internacionales y El Corte Inglés; para una búsqueda con más criterio, las calles Rodríguez Arias y Marqués del Puerto guardan comercios de otra escala.
El regreso hacia el Casco Viejo puede hacerse por la calle Navarra, pasando frente al Teatro Arriaga, ese pequeño homenaje bilbaíno a la ópera de París. Y de ahí, a la Plaza Nueva, cuando sus arcos empiezan a llenarse de gente que alarga la tarde.
Noche: la mesa que cierra el círculo
Después de un día entero leyendo la ciudad, la cena en Ola Martín Berasategui, en el propio Tayko Bilbao, es el epílogo natural: una estrella Michelin que trabaja el producto local con la técnica de quien lo conoce desde niño. Después de recorrer la ciudad entera, no hace falta salir del hotel para sentarse a su mejor mesa.
Un apunte práctico: las mesas se agotan pronto, así que conviene reservar con antelación.
Si el día da para más: Azkuna Zentroa
Para quien estire el día, la Azkuna Zentroa merece el desvío. La antigua alhóndiga de vinos de la ciudad, reinventada por Philippe Starck, sostiene su interior sobre 43 columnas y ninguna es igual a otra. Es un buen resumen de Bilbao: un edificio con memoria al que alguien se atrevió a mirar de otra manera.
Tayko Bilbao. El comienzo de tu relato en la ciudad.